La rebelión de la chusma secesionista catalana se hace visible en Madrid

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El pasado lunes escribía Gabriel Albiac en ABC una columna en la que recordaba, citando a Séneca, que la muchedumbre se equivoca siempre, siempre, por lo que basta con oír sus rebuznos para llegar a la conclusión de que todo lo que en ellos se proclama es un dislate. El autor lo decía a cuento de las manifestaciones en las que un millón de borregos pedía a balido pelado que Cataluña perdiese la triple eñe de su topónimo, de su madre patria y del gentilicio que durante muchas centurias nos unió a todos.

“Estólida, la muchedumbre avanza”, escribía Albiac. ¡Y tan estólida, apunto yo, aunque el pedagógico improperio caerá en saco roto, pues no es verosímil que haya entre los miembros de esa manada lanar muchas cabezas de ganado capaces de comprender su significación!

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11-S, Barcelona; odio en las entrañas

En 1639, aquel gran libertino político que fue Naudé, cuyo nombre de pila era el mismo de Albiac y al que también citaba éste en su columna, escribió una obra determinante para que la semilla del concepto de libertad echara raíces en el huerto volteriano del ejercicio de la res pública. En ella, titulada Consideraciones políticas sobre los golpes de Estado, se leía: “Todo lo que la plebe piensa no es sino vanidad, todo lo que dice es falso y absurdo, todo lo que desaprueba es bueno, y malo lo que aprueba, infame lo que alaba, y todo cuanto hace y emprende no es más que locura”. ¿Cabe mejor definición del quijotesco espectáculo que una cáfila de catalanes arreados por rabadanes y ganapanes con el riñón cubierto por el dinero que sus jefes roban al erario público ofrecieron el 11 de septiembre en varias ciudades de lo que otrora fuese nobilísima Cataluña?

Quijotesco, digo, porque veían ejércitos y miramamolines donde sólo había ovejas y pastores.

Naudé seguía los pasos de lo que ya había escrito el pensador político más influyente de la historia universal: Maquiavelo. Siglo y medio después estalló la Revolución Francesa, que al comienzo lo fue de libertad, secuestrada enseguida por la plebe, y en 1929 publicó Ortega La rebelión de las masas, que en 1957 completaría, a título póstumo, con El hombre y la gente.

He aquí una somera bibliografía de la incompatibilidad existente entre la democracia por sufragio universal -tan opuesta a la que imperó en Atenas- y el imperio de la libertad. Ya sólo falta que alguien escriba La rebelión de la chusma. En ella estamos.

Fernando Sánchez Dragó / El Mundo