La radical soledad del bufón moderno

 

Señor, las tristezas no se hicieron para las bestias, sino para los hombres, pero si los hombres las sienten demasiado, se vuelven bestias 

Sancho Panza 

 

La gente de hoy prefiere oír historias, no hacerlas, y la bufonería que todo lo degrada,  la practiconería que a cualquiera alza, y la mecanización, que antes allana el futuro que lo descifra. Embrutece escuchar todos los días simplezas orientadas a la frivolidad. El comediante del día sabe que destruir lo sagrado complace a los tunantes, que han cambiado el lenguaje, el pensar articuladamente, por los gestos vulgares, la carcajada acusatoria, los guiños simiescos y ambiguos y los ademanes de dictador.

Lo humano, decía Ortega y Gasset, es lo más afectado por el tiempo, que en los terrenos de la sociología verista, que son los que más nos competen, se llama historia. Historia es experiencia colectiva, y ésta se acumula y queda debajo de los objetos, del habla, de las instituciones y de las ciencias. La experiencia colectiva sólo puede ser sacada a la luz por el filósofo, ágil al delatar los movimientos de la razón, que se traslada sin mayor dificultad allende la realidad, como demostró Kant.

El habla, luego, es siempre artificio, afirma Ortega, y mientras más procura formalizar lo  humano, más zafio se hace, más condena a “radical soledad ” a las personas. No queda, ante la imposibilidad de ser precisos al abrir la boca, sino entregarse a la buena fe, dice el filósofo, fe que distorsiona todo lo que recibimos de los demás.

de-mentesEl poder emitir sólo signos polisémicos provoca la “yoización”, que consiste en despreciar los fragmentos de verdad que hallan las ciencias y en transformarlas en vulgares argumentos defensores de nuestra individualidad. La jerga de la psicología, por ejemplo, hoy es arma para perforar la moralidad de cualquiera. En nuestro tiempo, que es timocéntrico, centrado en lo afectivo, átomos, fuerzas, conceptos políticos y planetas sirven para denostar a todo lo que mal nos parezca.

Las muchedumbres son férreas enemigas de la cosmología, de la armonía. “Kosmeîn” es verbo griego que significa “ordenar”, “adornar”. El humor grotesco, al desequilibrar las palabras, al interpretarlas siempre del peor de los modos, causa desastres mentales, aísla, obliga el uso, digámoslo así, del jeroglífico, del pictograma, de notaciones bárbaras, imprecisas. Fácil es tiranizar a un pueblo al que hay que decirle qué significan las palabras. Las religiones, nadie lo ignora, confunden a los creyentes multiplicando los nombres de los dioses. Alá tiene noventa y nueve nombres, y sólo los avanzados en cuestiones islámicas saben cuál conviene usar en cada sacra ocasión

La democracia, hoy, también tiene muchos nombres, pero nadie puede escucharlos entre bufonerías y variopintas pragmacias. Es menester, para empatizar con el vecino, para entender su “pathos”, su dolor, su conciencia, como diría Schopenhauer, aquietarnos, callar, vivir seriamente, es decir, agradando a los dioses, no a los demás volviéndonos circenses.