Jornada de reflexión: Saber que somos necios y no votar como necios es votar por la Libertad

 

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Parece que nadie merece nuestro voto, aunque la política se inventó para que vivamos organizadamente, para alcanzar nuestros ideales, posesión de la vieja reina de las ciencias llamada Metafísica.

Ésta, escribió Kant, versa sobre Dios, la inmortalidad y la libertad. Por Dios y por la inmortalidad podemos preocuparnos, pero nada o muy poco podemos hacer para comprenderlos. De la libertad, en cambio, sí podemos encargarnos.

Dos tipos de libertad hay, dice I. Berlin en su obra “Dos conceptos de libertad y otros escritos”, y son: la negativa y la positiva. La primera la goza quien no debe superar obstáculos, y la segunda quien es capaz de muchas hazañas. Entre nuestros ideales y nosotros hay materia e incapacidades. No es libre el que pretende ser latinista donde el latín es denostado, y tampoco lo es el que vive entre latinistas siendo inepto.

No es igual el que vota para soslayar barreras al que vota para mejorar sus talentos. Quien vota para mejorar la organización social, que es quitar molestias al ciudadano, desea igualdad, y el que lo hace para obtener algún bien quiere una oportunidad. Dichas consideraciones no pueden ser evitadas por los votantes, que sin hacer meditaciones de esta clase actúan políticamente ignorando lo que hacen.

Un candidato que sabe leer la realidad ofrece a los ciudadanos no ideales, sino libertades, las cuales aumentan cuando los medios para ser libres, no los fines y principios, se perfeccionan.

La Metafísica, dijo Kant, durante mucho tiempo fue poseída por los dogmáticos, y además muy maltratada por los escépticos. Es dogmático el que evita comprobar empíricamente sus conceptos, y es escéptico el que por descreer de todo nunca encuentra dónde apoyarse. Muchos son los votantes dogmáticos y muchos más los escépticos. Votar por ideales nos hace ciegos y locos el hacerlo para alborotar el azar. Es ciego el doctor que vota por conceptos e imprudente el que vota por personas. Es cuerdo quien llena las urnas no para afirmar retóricas o para probar su suerte, sino para expresar la existencia de libertades coartadas.

Emitiré mi modesta definición de política, que he procurado urdir teniendo en cuenta la noción de libertad: política, uno de muchos modos de la existencia humana basado en la confianza institucional, que emerge de la fe en las leyes. Es posible vivir políticamente, interesados en el presente, pero también es dable hacerlo histórica o psicológicamente, es decir, con los ojos hacia atrás o metidos en nosotros mismos, como Descartes.

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Claro es que el voto del ensimismado que sueña con la democracia es cualitativamente distinto al voto del que existe para el hoy. ¿Algún político conoce cuáles son las profesiones que abundan en la población que quiere persuadir? ¿Querrán menos estorbos los capaces y más educación los haraganes?

Alan Badiou, en un sencillo y esclarecedor libro, de nombre “Circunstancias”, enlista las paradojas que cualquier sistema de votación muestra. El voto es “libre” y “obligatorio”, dice, lo que supone algunas contradicciones. ¿Es libre el que es obligado a votar? También arguye que la votación prefiere la “cifra” y desdeña las verdaderas necesidades de los pueblos. El político electo, puesto a gobernar, ofrece visiones del mundo propias de su clase social y de su profesión, visiones que siempre serán parciales. Las grandes decisiones, se queja el francés, no se toman votando, verdad que pone en duda la eficacia del votar.

Sólo serán iguales y representativos los votos hechos por personas dueñas de un mínimo de educación política, que es enciclopédica. ¿Qué debe saber todo votante? Cuántos tipos de vida hay y cuáles son los medios para poder vivir de cualquier otro modo, y cuáles son los requisitos para que una institución asegure nuestra libertad, tanto positiva como negativa, usando los términos de Berlin.

Transcribiré unas excelentes palabras que Thoreau puso en su libro “Walden o la vida en los bosques”: “Fui a los bosques porque deseaba vivir con plena conciencia, arrostrar únicamente los hechos esenciales de la vida, y ver si era capaz de aprender todo lo que ella tenía que enseñarme, no fuese a descubrir, al llegar la hora de la muerte, que no había vivido”. ¿Vive acatando su conciencia y no caprichos ajenos el que todo ignora por tener que ganarse la vida? ¿Es esencial ser parte del campo laboral?

¿Hay fe en las leyes donde el voto alza a los peores y rebaja a los mejores? ¿No es terrible la vida del que nace bajo el yugo de las masas, que todo lo añascan y todo lo reducen a dinero? Parecerá utopía decir que sólo es votante sensato el que tiene una educación enciclopédica, única que aumenta la libertad. “Enciclopedia”, nos ha dicho Emilio Lledó, viene de las palabras “kiklo paideía”, “educación circular”. La política, ciencia del hoy en la ciudad, engloba todos los saberes. Luego, mal hace quien vota creyendo que lo poco que conoce alcanza para dirigir un pueblo.

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el nº 1 de la CUP (Cataluña)

Mucha razón tenía el poeta Bertolt Brecht al escribir que “el peor analfabeto es el analfabeto político”, esto es, el que desconoce la circularidad de los acontecimientos históricos, que son determinados por los mejores ciudadanos y no por las pasiones de las mayorías. Ortega dijo: “Así, cuando en una nación la masa se niega a ser masa -esto es, a seguir a la minoría directora-, la nación se deshace, la sociedad se desmembra y sobreviene el caos social, la invertebración histórica”. Tales líneas nos obligan a ver en el voto de los ignorantes que celebran serlo la tiranía de la esclavitud positiva y negativa. Saber que somos necios y no votar por necios es votar por la libertad.