Un día de furia… contenida, afortunadamente

 

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Miércoles 26 de agosto de 2015. Decido ocupar la mañana en fotografiar por dentro el bellísimo edificio del Palau Güell, de la calle Nou de la Rambla, en Barcelona; voy ha realizar un documental audiovisual sobre él. Es primera hora y hay pocos visitantes, motivo por el que me recreo en la visita y puedo capturar imágenes bellísimas, pues no en vano la luz a esta hora favorece ciertos juegos de sombras, contrastes y colores. Disparo un centenar de veces e incluso filmo un pequeño vídeo, a las 12:00 hs en punto, cuándo el órgano de tubos se pone en marcha automáticamente para hacer sonar el ‘Cant de la Senyera’, una emocionante canción catalana que debería substituir a ‘Els Segadors’ y su letra cargada de hostilidad y rencor [‘¡buen golpe de hoz, buen golpe de hoz segadores de la tierra!’, se sobreentiende que contra ‘esa gente tan ufana y tan soberbia’, que todos sabemos quiénes son].

Robadors 1

carrer Robadors

Salgo y me digo, yo que nunca me muevo por aquellos lares, voy hasta la Filmoteca de Catalunya, que en su nueva ubicación todavía no he visto. Está en la confluencia de Robadors con Sant Pau, me paro miro, saco mi réflex y hago dos fotos. Estoy a punto de irme y oigo que una puta se dirige a mí para recriminarme que no puedo hacer fotos ‘a las chicas’; la envío al cuerno; me exige que le muestre lo que he tomado; me niego; grita y busca que otras compañeras se acerquen para intimidarme, pues conocen bien todos los trucos y que la coyuntura favorece a los delincuentes y a todo lo que los rodea -ella no es de aquí y tendríamos que saber en qué condiciones llegó del Este de Europa y bajo que cobertura legal reside en Barcelona y trabaja a plena luz del día ejerciendo la prostitución en el Ravalestán. La dejo y sigo subiendo Robadors hasta el final. Venden pisos a 150.000 Euros dónde se han rehabilitado antiguos edificios de cuchitriles y habitaciones para practicar sexo barato de pago. Vuelvo sobre mis pasos y entonces, otras colegas de la primera rabiza me dicen mienstras paso que ‘soy un cerdo’ por fotografiarlas. Continuo mi camino sin plantar cara hasta el final de la calle en que me giro y, entonces sí, retrato a una hetaira buscona en medio de la plaza esperando a algún desgraciado al que contagiar alguna enfermedad venérea. Da asco contemplar que el 100% de las de ese oficio en es zona no son de aquí y que seguro que estuvieron o están en manos de proxenetas de su nacionalidad o de otros países extracomunitarios.

Cruzo la Rambla, carrer Ferran hasta la plaza en la que el Palacio de la Generalidad (Mas) y el Ayuntamiento barcelonés (Colau) se miran frente a frente. El día es soleado, luminoso, húmedo y alto de temperatura. Subo hacia la Catedral por el impagable carrer del Bisbe. Hay tropecientos trillones de turistas; todo sea para que la ciudad ingrese divisas y se mantengan puestos de trabajo. Es agobiante.

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Mendigo peligroso

De golpe, en esa estrecha calle me topo de bruces con un individuo tirado en el suelo sobre un cartón. Lleva una camiseta negra de ‘assemblea.cat’, una de las muchas marcas-franquicia subvencionadass que excita los ánimos independentistas. Me dispongo a tomar una instantánea, puesto que el documento gráfico lo vale. Estamos en la vía pública y mantengo más de quince metros de distancia merced al zoom. Como por arte de magia, el tipo en cuestión se levanta y se dirige hacia mí diciéndome, textualmente, ¿qué estás haciendo ‘hijo de pu…’?, a pleno pulmón y ante la riada de gente que circula por la estrecha calle. Su acento delata que su origen es foráneo, quizás rumano o balcánico. Tiene algunos dedos de la mano mutilados y la piel de la cara quemada o con trazas de vitiligo o leucoderma.

Escupe una baba densa por la boca, mientras sigue chillando como un poseso y me amenaza con un ‘voy a avisar a la Policía’, a la vez que me suelta ‘que te den pol cu…’ y ‘maric… de mier…’, repetidas veces. O sea, que una hez como esta se permite amedrentar a un natural del país, a alguien que usa libremente su cámara de fotos para registrar lo que le viene en gana al aire libre y ante todo el mundo. Y lo hace desde la posición de un energúmeno que se atreve a dormitar en el suelo de una arteria 100% turística; sucio, maloliente y cargado de rencor e ira contra todos.

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Como que su mirada de odio es tan atroz y la gama de insultos es tan desproporcionada, aprovecho para girar la esquina y llamar a la Guardia Urbana. Me atienden y dicen que ya van para allí.

La conversación la oye un tiparraco que vende velas y estampitas de forma alegal, pero tolerada por el Ayuntamiento. Cómo forma parte del mismo hábitat y ambos son lumpen, el de las velas avisa al de los espumarracos de que he avisado a la autoridad para que controlen la situación. Los agentes no llegan en, al menos, quince minutos, que es el tiempo que me quedo a una distancia prudencial a observar cómo acaba la juerga. El mendigo agresivo ya ha abandonado la posición horizontal -por cierto, con vaso para depositar monedas, claro- y está de cháchara con el vendevelas, de pie tras la mesa en que las tiene expuestas.

El vendevelas también es un broncas, ya que pega rapapolvos y reprimendas a todo aquel que osa fotografiarlo -al menos, sucede dos veces durante el rato que estoy pendiente de este asunto.

El mendigo transeúnte, o lo que sea, me detecta. No me he escondido, tan solo me he alejado unos treinta metros. Una vez localizado, viene a todo trapo hacia mí para volver a insultarme y amenazarme. Se acerca demasiado a mí e invade mi espacio de confort y seguridad. Reacciono y le digo que no se acerque más. Se para, pero sigue avanzando hasta estar a un metro y medio de mí, mientras suelta sus últimas andanadas ofensivas, irreproducibles aquí. Finalmente tomo el mando de la situación y le digo sin ningún tipo de empatía ni tolerancia que es una rata inmunda y que se large pitando si no quiere que ‘le parta el culo’ a patadas. Se lo digo con todo el convencimiento de que la situación puede llegar a ocurrir si sigue acosándome, ya que si tengo que confiar en los viandantes voy listo. Sé que si llegamos a las manos me complicaré la vida, ya que el protegido siempre es el extranjero, sobre todo si presenta síntomas de inadaptación o exclusión social.

Sea debido a que no todo el mundo mide casi 1,90 m, es de complexión 4XL y pesa 125Kg, como yo; sea porque el horno no está para bollos para la comunidad forastera parásita; o se trate de que todo tiene un límite y ese deshauciado a plena luz del día pocas fechorías podía perpetrar contra mí (navaja, etc.)… al final se la largado.

He comprobado que así era, manteniéndome en mi posición unos minutos más, he dado media vuelta y he subido el Portal de l’Àngel, la avenida peatonal repleta de tiendas -la milla de oro barcelonesa-. Allí había un coche patrulla de la Guardia Urbana (la policía municipal) sin nadie dentro. Mi denuncia les suponía mover el coche cien metros. Aún los espero.

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No se cortan un pelo en insultar e intimidar

Cómo que me he movido con transporte público, bus, he tenido tiempo de reflexionar y he llegado a la conclusión de que esto va a estallar cualquier día, justo en el momento en que la escoria lo los que nos invaden (no todo inmigrante clandestino o residente ilegal lo es) y se descare del todo y ataque a la ciudadanía y a las fuerzas de seguridad, como ya está sucediendo en muchas partes de España y del resto de la Unión Europea. Entonces todo será llanto y crujir de dientes; pero de momento, hoy, en mi ‘día de furia’ (contenida, afortunadamente), me ha quedado grabada la agresividad verbal de la calipoterra y la mirada inyectada en sangre de aquel tarado.

Todo tiene un límite.